El químico japonés falleció a los 90 años. Fue premiado en 2000 por un hallazgo que cambió la industria de los materiales y que empezó con un error de laboratorio.
SociedadHideki Shirakawa murió a los 90 años dejando atrás uno de los descubrimientos más influyentes de la química moderna: demostró que el plástico puede conducir la electricidad. El japonés compartió el Premio Nobel de Química en el año 2000 junto a Alan MacDiarmid y Alan Heeger por ese trabajo, que abrió camino a materiales más livianos, flexibles y baratos que los conductores tradicionales.
Shirakawa era investigador en el Instituto Tecnológico de Tokio cuando, a fines de los años 60, un experimento salió mal de una forma que cambiaría la historia. Un estudiante de su laboratorio agregó por error una cantidad mil veces mayor de catalizador de lo indicado durante la síntesis de acetileno. El resultado fue una película plateada y metálica, completamente distinta al polvo negro que se esperaba obtener.
Años después, durante una visita del químico estadounidense Alan MacDiarmid a Japón, los dos científicos se cruzaron en una pausa para tomar café. Shirakawa mostró aquella película plateada casi como una curiosidad. MacDiarmid quedó intrigado y lo invitó a seguir trabajando juntos en la Universidad de Pensilvania. Fue ahí donde comprobaron que ese plástico, el poliacetileno, podía conducir electricidad si se lo trataba con ciertos compuestos químicos. La conductividad que alcanzaron se acercaba a la del cobre.
El hallazgo rompió un dogma. Hasta ese momento, la ciencia daba por sentado que los polímeros, es decir los plásticos, eran aislantes por definición. Usarlos como conductores era considerado una contradicción. El trabajo de Shirakawa y sus colegas demostró que esa frontera no existía.
Las consecuencias prácticas del descubrimiento tardaron décadas en consolidarse, pero hoy son visibles en múltiples tecnologías. Los polímeros conductores se usan en pantallas OLED, en paneles solares flexibles, en sensores, en baterías y en recubrimientos antiestáticos. Su ventaja sobre los metales es clara: pesan menos, se pueden moldear con mayor facilidad y resultan más económicos de producir a escala.
Shirakawa nació en Tokio en 1936 y dedicó toda su carrera académica a la Universidad de Tsukuba, donde se retiró. A diferencia de otros premios Nobel que continuaron activos en la esfera pública, mantuvo un perfil bajo después de recibir el galardón. En entrevistas posteriores solía insistir en que el descubrimiento fue posible gracias a un error, y que la clave estuvo en no descartarlo.
Su muerte cierra el ciclo de una generación de científicos que transformaron la química de materiales desde la segunda mitad del siglo XX. El legado concreto de Shirakawa está en cada pantalla flexible o dispositivo electrónico delgado que existe hoy: todos le deben algo a aquel experimento que salió mal en un laboratorio de Tokio.
Fuente: Clarin

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