A 44 kilómetros de Buenos Aires, sobre la Panamericana, un pequeño municipio bonaerense se transformó en punto de encuentro para la gastronomía de autor, el arte y la arquitectura sustentable. Cada fin de semana recibe visitantes que llegan desde la capital en busca de una experiencia diferente.
SociedadLo que durante décadas fue un pueblo tranquilo del norte del conurbano hoy concentra restaurantes de alta cocina, galerías de diseño y proyectos de construcción ecológica que cambiaron su fisonomía por completo. El kilómetro 44 de la Autopista Panamericana marca el ingreso a este destino que en los últimos años captó la atención de chefs, artistas y emprendedores que eligieron instalarse fuera de la ciudad.
El fenómeno no fue espontáneo. A mediados de la década pasada, algunos cocineros y diseñadores empezaron a mudarse al lugar atraídos por el precio de los terrenos, la escala humana del pueblo y la cercanía con Buenos Aires. Esa primera oleada generó una identidad propia que después atrajo más inversión y más público.
Los restaurantes instalados en la zona trabajan con productores locales y de la región pampeana, con menús que rotan según la temporada. No se trata de cocina de campo tradicional: varios de los locales tienen reconocimiento en guías especializadas y reservas con semanas de anticipación. La oferta va desde parrillas con técnica de autor hasta espacios de cocina de fusión con impronta asiática o mediterránea, todos con arquitectura integrada al entorno verde.
El diseño también encontró su lugar. Galerías que exhiben obra de artistas emergentes conviven con talleres de muebles, cerámica y textiles. Algunos espacios combinan showroom con café, lo que generó un circuito de recorrida que puede ocupar una jornada entera sin necesidad de salir del radio céntrico del pueblo.
Una parte significativa de los emprendimientos que se instalaron en los últimos años adoptaron criterios de construcción sustentable: techos verdes, sistemas de captación de agua de lluvia, uso de materiales reciclados y paneles solares. Esa impronta no responde solo a una tendencia estética sino también a una decisión deliberada de los propietarios, que en varios casos vinieron de sectores vinculados al urbanismo y la arquitectura bioclimática.
El municipio acompañó ese proceso con regulaciones que limitan la densidad de construcción y preservan los espacios arbolados que le dan al lugar su carácter particular. Esa política contuvo, al menos por ahora, la presión inmobiliaria que en otras localidades similares terminó borrando la identidad que las hizo atractivas en primer lugar.
Hoy el pueblo funciona como modelo de reconversión territorial: un caso concreto de cómo un municipio pequeño puede reinventarse sin perder escala ni identidad. La pregunta que empieza a circular entre urbanistas y emprendedores es si el crecimiento sostenido de los próximos años va a mantener ese equilibrio o si la masificación va a cambiar lo que hoy lo hace distinto.
Fuente: Clarin

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