Jordi Morera transformó una panadería en crisis apostando por masa madre y harinas recién molidas. Su historia muestra cómo volver a los orígenes puede ser también una salida económica.
SociedadCuando el negocio familiar tocó fondo, Jordi Morera tomó una decisión que parecía ir a contramano del mercado: sacar los ingredientes industriales, incorporar masa madre y empezar a moler su propio grano. Lo que para muchos sonaba a capricho artesanal terminó siendo la vuelta de tuerca que salvó la panadería.
Morera dirige L'Espiga d'Or, una panadería con décadas de historia en Vilanova i la Geltrú, al sur de Barcelona. Como tantos negocios del rubro, atravesó un período crítico en el que los márgenes se achicaban y la competencia de las cadenas industriales apretaba fuerte. En ese contexto, la apuesta por procesos lentos y materias primas de origen controlado no fue solo una decisión filosófica: fue una estrategia de diferenciación.
Morera es enfático cuando le preguntan si la masa madre es una moda. Para él, la pregunta está mal planteada. Sostiene que fermentar el pan con cultivos vivos es simplemente la forma en que la humanidad comió pan durante milenios, y que lo raro, en todo caso, es el modelo industrial que se impuso en el siglo XX. La levadura química y los mejorantes artificiales son la excepción histórica, no la regla.
Esa perspectiva lo llevó a profundizar en el proceso completo: no solo fermentación lenta, sino también control del grano desde el origen. Morera incorporó un molino propio para trabajar con harina recién molida, lo que le permite conservar el germen y el salvado que el proceso industrial suele eliminar. El resultado es un pan con más nutrientes, más sabor y una digestión diferente a la del pan convencional.
Trabajar con masa madre y harina fresca implica tiempos más largos, menos volumen por hornada y mayor atención al proceso. Eso se traduce en costos más altos y un precio final que no compite en la góndola del supermercado. Sin embargo, Morera encontró un nicho de clientes dispuestos a pagar más por entender qué están comiendo y de dónde viene lo que consumen.
El modelo no es replicable para cualquier panadería sin una reconversión profunda, pero el caso de Morera se convirtió en referencia dentro del sector artesanal en España. Participó en ferias, formó a otros panaderos y publicó material sobre el tema, lo que amplió su visibilidad más allá del mostrador local.
La etapa difícil que vivió la panadería dejó una enseñanza concreta: intentar competir con el pan industrial en sus propios términos era una batalla perdida de antemano. La salida no estuvo en bajar costos ni en ampliar volumen, sino en ofrecer algo que las grandes plantas no podían replicar fácilmente: tiempo, origen trazable y un proceso visible para el consumidor.
Hoy la panadería de Morera funciona como un caso de estudio sobre cómo los oficios tradicionales pueden reinventarse sin abandonar su esencia. La pregunta que queda abierta es si ese camino es escalable o si seguirá siendo un modelo de nicho en un mercado donde el precio sigue siendo el principal argumento de compra.
Fuente: Clarin

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