Washington intensificó su presión sobre Teherán combinando sanciones económicas con señales militares. El pulso entre ambos países pone en riesgo el tránsito petrolero por el estrecho de Ormuz.
EconomíaLa administración de Donald Trump activó una nueva fase de presión sobre Irán que combina restricciones económicas con despliegue de capacidad militar en la región. El objetivo declarado desde Washington es limitar la influencia de Teherán en Medio Oriente y forzar un cambio en su programa nuclear, en un momento en que las negociaciones diplomáticas no muestran avances concretos.
La estrategia no es nueva, pero sí su intensidad. Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, su gobierno retomó la política de 'máxima presión' que ya había aplicado en su primer mandato, con sanciones dirigidas al sector energético iraní, bloqueos al sistema financiero y restricciones a terceros países que comercien con Teherán. El impacto sobre la economía iraní es visible: la moneda local acumula una depreciación sostenida y las exportaciones de crudo cayeron respecto a los niveles que Irán había recuperado durante la gestión Biden.
Irán no cedió ante la presión y respondió con una combinación de resistencia interna y advertencias externas. El gobierno de Masoud Pezeshkian sostuvo que el país puede sobrevivir a las sanciones apoyándose en sus socios comerciales, principalmente China y Rusia, que siguen comprando petróleo iraní por fuera del sistema financiero occidental. Al mismo tiempo, funcionarios militares iraníes renovaron las amenazas sobre el estrecho de Ormuz, el canal marítimo por donde transita cerca del 20% del petróleo que se comercializa en el mundo.
El estrecho de Ormuz es el punto de tensión más concreto del conflicto. Cualquier interrupción en ese corredor, ya sea por un bloqueo, un incidente naval o un ataque a infraestructura, dispararía el precio internacional del crudo y generaría una crisis de abastecimiento con consecuencias inmediatas para Europa y Asia. Estados Unidos mantiene presencia naval en la zona precisamente para disuadir ese escenario, pero la proximidad entre fuerzas de ambos países eleva el riesgo de un incidente no planificado.
Trump no descartó públicamente una acción militar directa contra instalaciones nucleares iraníes. Esa posibilidad, que también baraja Israel desde hace años, condiciona el margen de maniobra diplomático. Analistas del sector energético y de defensa advierten que un ataque de ese tipo no solo no garantizaría el fin del programa nuclear iraní, sino que casi con certeza provocaría una escalada regional con efectos sobre los mercados de commodities.
En términos económicos globales, el conflicto ya genera incertidumbre. Las cotizaciones del crudo reaccionan a cada declaración relevante de Washington o Teherán, y los fondos de cobertura ajustan posiciones ante la posibilidad de un shock de oferta. Para Argentina, país que importa derivados del petróleo y exporta soja en dólares, una suba sostenida del precio del crudo tiene efectos mixtos: encarece la energía pero puede favorecer indirectamente el precio de los granos si los costos logísticos globales suben.
El escenario de fondo es el de una negociación que ninguna de las dos partes parece dispuesta a encarar en términos que la otra acepte. Washington exige el desmantelamiento del programa nuclear; Teherán lo considera innegociable. Mientras tanto, la presión económica y la tensión militar siguen acumulándose sin una salida clara en el horizonte inmediato.
Fuente: Clarin

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