Un relevamiento nacional mostró que el ajuste en el presupuesto hogareño golpea primero en la mesa. La situación es más crítica en el norte del país.

Cerca del 33% de los hogares argentinos redujo la cantidad de comidas diarias durante los últimos meses porque el dinero no alcanzó para cubrir la alimentación y otros gastos básicos al mismo tiempo. El dato surge de un relevamiento de alcance nacional realizado en 2024 que midió el impacto de la caída del poder adquisitivo sobre las decisiones cotidianas de las familias.
El deterioro del salario real y el aumento sostenido de los precios de los alimentos empujaron a millones de personas a reorganizar su consumo. En muchos casos, la disyuntiva no fue entre comida y un bien prescindible, sino entre comida y el alquiler, los servicios o los remedios.
El relevamiento detectó que las familias con ingresos informales o variables fueron las más afectadas: sin sueldo fijo ni actualización automática, cualquier suba de precios les recorta directamente lo que pueden poner en el plato. En los hogares con menores de 14 años, la proporción de familias que ajustó la alimentación fue aún mayor.
Las provincias del norte —Chaco, Formosa, Santiago del Estero y Corrientes— concentraron los índices más altos de inseguridad alimentaria. En esas zonas, la combinación de salarios bajos, alto desempleo y mayor distancia a los centros de distribución de alimentos agrava el cuadro general.
Las compras también cambiaron de forma: más marcas propias, menos proteína animal, más harinas y menos frutas y verduras frescas. Ese corrimiento en la canasta no solo refleja una restricción económica sino también un impacto nutricional que los especialistas en salud pública vienen advirtiendo desde hace meses.
Organizaciones que trabajan en comedores comunitarios y merenderos reportaron un aumento sostenido en la demanda durante el último año. Según referentes del sector, llegaron personas que antes nunca habían necesitado asistencia alimentaria: trabajadores con empleo formal, jubilados y familias de clase media que perdieron capacidad de compra.
Desde el ámbito académico, investigadores en nutrición señalaron que saltarse comidas no es solo una consecuencia inmediata de la crisis: genera efectos en la salud a mediano plazo, sobre todo en niños y adultos mayores, y profundiza las desigualdades que ya existían antes del ajuste.
El escenario hacia adelante depende en gran medida de la recuperación del salario real y de la estabilidad en los precios de los alimentos de la canasta básica. Sin esos dos factores moviéndose en la dirección correcta, el porcentaje de familias que tiene que elegir entre comer y pagar difícilmente baje en el corto plazo.
Fuente: Perfil
¿Qué porcentaje de familias argentinas redujo sus comidas diarias?
Según el relevamiento citado, alrededor del 33% de los hogares argentinos recortó la cantidad de comidas por falta de ingresos suficientes.
¿Qué regiones del país resultaron más afectadas?
Las provincias del norte —Chaco, Formosa, Santiago del Estero y Corrientes— registraron los niveles más altos de inseguridad alimentaria dentro del relevamiento.
¿Qué cambios concretos hicieron las familias en su alimentación?
Las familias migraron hacia marcas más baratas, redujeron el consumo de proteína animal y de frutas y verduras frescas, y aumentaron la presencia de harinas y alimentos de bajo costo en su dieta.

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