Una columna de opinión plantea que la estabilidad no puede depender de la voluntad de un presidente. Argumenta que la Argentina usó al Banco Central para financiar déficits y estimular la actividad en años electorales.

Una columna de análisis sostiene que la prudencia fiscal y monetaria de la Argentina no puede quedar atada a la voluntad de una sola persona. El planteo se apoya en una reforma de la Carta Orgánica del Banco Central (BCRA) que se impulsa para que su misión sea preservar el valor de la moneda. La discusión ordena un problema de fondo: quién controla la emisión y con qué límites.
Los bancos centrales surgieron en casi todos los países entre los siglos XIX y XX, cuando se afirmaron las soberanías monetarias y el llamado dinero territorial. Concentraron la emisión de moneda, la gestión del sistema de pagos, la administración de las tasas de interés de corto plazo, la regulación y supervisión del sistema financiero y el rol de prestamista de última instancia. Con el fin de la atadura al oro, poner la facultad de emitir en manos del gobierno tuvo consecuencias.
El texto describe un dilema entre elasticidad y disciplina. Es la tensión entre la capacidad de la oferta de dinero para adaptarse a las necesidades de la economía y los límites a la expansión que protegen el poder adquisitivo. El dinero mercancía y el Patrón Oro tenían mucha disciplina y poca elasticidad. El dinero fiat moderno, con costos de producción despreciables, ofrece lo contrario: flexibilidad extrema, con ventajas, pero también el riesgo de inflaciones e hiperinflaciones que no existieron bajo aquellas restricciones.
A ese dilema se suman dos debates. El primero enfrenta reglas contra discreción: si el Banco Central debe ceñirse a reglas estrictas o tener margen para actuar según la situación, sin un curso predeterminado. El segundo es el de la independencia: si la autoridad monetaria debe obedecer al Presidente, ayudar a los objetivos del Poder Ejecutivo o mantenerse al margen de ellos.
Según la columna, los países donde la inflación alta es un recuerdo del pasado se rigen en su mayoría por bancos centrales independientes, aislados del ciclo político y con discrecionalidad limitada. Tienen independencia de instrumentos, pero no de objetivos. Esos objetivos están fijados en la Carta Orgánica de cada entidad, que el autor define como la llave que abre el tesoro.
En la Argentina, afirma el texto, el Banco Central fue utilizado por distintos gobiernos para fines propios, lo que rompió con la institucionalidad. Señala dos mecanismos: la política expansiva para mejorar la actividad antes de las elecciones, que describe como sesgo inflacionario, y el financiamiento de déficits fiscales repetidos, que llama dominancia fiscal. Según el autor, ambos se dieron hacia 2023.
Más allá de la buena voluntad de quienes toman las decisiones, el artículo identifica un problema de inconsistencia temporal. No hay capacidad de asumir un compromiso creíble y vinculante a largo plazo si los compromisos fijados de antemano se rompen después, cuando aparecen incentivos para desviarse. Esa imposibilidad de comprometerse, concluye, lleva a un equilibrio con mayor inflación y sin mejoras en el producto.
Queda pendiente el contenido concreto de la reforma de la Carta Orgánica y su tratamiento. El eje será si las nuevas reglas logran fijar un compromiso creíble que sobreviva a los cambios de gobierno.
Fuente: Perfil
¿Qué se propone cambiar en el BCRA?
Se impulsa una reforma de la Carta Orgánica para asegurar que la misión de la entidad sea preservar el valor de la moneda.
¿Qué es la dominancia fiscal?
Es la situación en la que el Banco Central financia los déficits del gobierno mediante emisión de moneda.
¿Qué es la inconsistencia temporal?
Es la dificultad de sostener compromisos de largo plazo cuando, con el tiempo, aparecen incentivos para romperlos.

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